tag_error <txp:output_form form="navbar" /> ->  Textpattern Notice: Formulario no encontrado: navbar  on line 1360
tag_error <txp:output_form form="footer" /> ->  Textpattern Notice: Formulario no encontrado: footer  on line 1360

Los Nuevos Vientos

— Publicado el mié 19/12/07 por Pitufo en categoria Cuentos Era como si una enorme nube gris se hubiera quedado enredado en el pedacito de cielo que cubría el pueblo de San Nicolás de los Vientos, para impedir que la lluvia o el sol llegaran hasta las casas de los habitantes de la región. Todo se había quedado suspendido en el aire y el poeta que no pudo admirar la luna dejó de escribir sus verso, el músico que no sintió en sus caminatas matutinas los rayos del sol dejó de componer, y los niños que pudieron distinguir entre el amancer o el atardecer, decidieron no salir a jugar. Lo mismo le sucedió al cartero, que no supo si era demasiado temprano o muy tarde para iniciar su recorrido, y a un montón de padres que, sin saber por qué, sirvieron café y tostadas a la hora de la cena.

Era extraño, tan extraño que sonreír hubiera resultado un signo de irremediable locura, así que con la seridad de los que no se resiten a esperar que el viento sople en otra dirección, los niños del pueblo, sin saber qué día era, o si que se había terminado el año, fueron a pedirle al alcalde que organizara una fiesta de Año Nuevo para anunciarle al cosmos, o a quien fuera, que debía continuar su curso.

- Está bien - respondió el alcalde, que ofuscado por la poca iniciativa de los otros aldeanos, no tuvo más remedio que convocar una reunión en ese mismo instante (única manera de concertar una hora), para iniciar los preparativos de lo que sería la primera fiesta de un fin de año, y comenzar a contar los dias.

- ¿Y si no sale el sol? -preguntó preocupado el alcalde.

- Saldrá, pues lo llamaremos todos con fuerza -respondieron los chiquillos, que habían ideado un plan para que soplaran el viento y se llevara la nube gris de su pequeño pueblo.

Lo segundo que hicieron los niños fue visitar al poeta:

- Señor -dijo Matías-, quedarse ahí nostálgico no le devolverá su luna, debe componer unos versos para ahuyentar la nube y rescatar a su amada.

El poeta no parecía muy convercido, pero antes que replicara, le dijeron que unos instantes más tarde pasarían a recoger sus poema. Lo mismo hicieron con el pianista y cantante del pueblo_
- Señor -esta vez intervino Lina-, quedarse ahí sentado no le devolverá sus rayos del sol, debe componer una melodía para ahuyentar la nube y rescatar el calor.

Efectivamente, instantes más tarde tenían la letra y la melodía de una canción que copiaron en papelitos de colores y repartieron en todo el pueblo. La instrucción consistía en salir de casa con un plato de comida para compartir y con la letra de la canción en la mano, cuando oyeran once campanadas.

Así fue; nadie sabía muy bien lo que hacía, pero como el alcalde estaba organizando mesas frente al atrio de la iglesia y parecía que todos debían participar, las madres se esmeraron por preparar algo más de café y tostadas, mientras los padres recitaban en voz alta el estribillo que todos debían saber de memoria. Hasta el polvorero de la región alistó sus mejores fuegos artificiales y los instaló justo debajo de la gran nube.

Al sonar la primera campanada, todos comenzaron a dejar sus casas para dirigirse al sitio acordado. Las mujeres lucían sus mejores vestidos y los hombres sus trajes de saco y corbata. Los niños estaba organizados en la tarima, junto al pianista y al poeta, y cuando sonó la última campanada, entonaron en coro:

"Vientos de oriente, luna apagada,
haz que frente al fuego regrese la llama.
Que la flor se levante y la espiga renazca
necesitamos que el tiempo mueva su balanza."

Muchas veces repitieron su canto, y a medida que lo hacían el pianista cambiaba el ritmo, hacíendolo tan ligero y pegajoso, que empezaron a moverse las manos y los pies de los aldeanos, que se trenzaron en una divertida danza. Cuando por fin se detuvieron a mirar el firmamento, notaron que la nube lentamente se iba corriendo, mientras el resplandor de los fuegos artificiales la traspasaban, dispensando su densa capa algodonada.

Al fin, una inmensa luna llena ocupó el cielo de ese primero de enero inolvidable. Y los aldeanos rieron, comieron, danzaron y cantaron hasta ver de nuevo despuntar el alba. No les importó dormir hasta el medio dá, pues sabían que el aumento del calor los sacaría de su cama para ir a recoger la cosecha, regar las flores, repartir el correo, componer canciones, hornear pasteles y todas esas maravillas que les rrecordaron a los habitantes de San Nicolás de los Vientos, que la prosperidad renacía todos los años, pero debían cuidar de ella para que el tiempo nuevo continuara su curso. 

---

comentarios desactivados para este artículo

Recent articles

archive

Recent comments

comentarios desactivados para este artículo